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EL CURA DE ARS

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EL CURA DE ARS

“Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes”

(1ª. Corintios 1:27)

 

NIÑEZ Y VOCACION

Juan María Vianney Beluze nació en Dardilly, al noroeste de Lyon, Francia, el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos de una familia campesina. Juan María creció trabajando en el campo y cuidando rebaños.

Siendo todavía un niño empezó la Revolución Francesa (1789-1799), y poco después los católicos practicantes eran perseguidos por el gobierno francés y amenazados con la pena de muerte. Los que se arriesgaban tenían que asistir a Misa en lugares escondidos, y los sacerdotes iban disfrazados para no ser reconocidos.

Por esta razón Juan María tuvo que hacer su Primera Comunión en su casa. Su familia y amigos simularon que descargaban bultos de heno para alimentar el ganado, tapando el acceso a cualquier ventana de la casa desde el exterior de la misma para que nadie se diese cuenta del acto sagrado que se estaba realizando.

Juan María se conmovió tanto ese día que no pudo evitar llorar de la emoción. Y al cumplir los 17 años le manifestó a su madre su firme deseo de ser sacerdote, y con ello ganar muchas almas para Dios.

Sin embargo a su padre no le agradó la idea de que su hijo fuera sacerdote, ya que necesitaba su ayuda trabajando en el campo y cuidando las ovejas. Juan María tuvo que esperar pacientemente más de dos años antes de que su padre le apoyara.

Por fin a los 20 años pudo empezar sus estudios para poder ser ordenado sacerdote, ingresando para ello en la Escuela de la ciudad de Ecculy, a unos 30 kms. al sur de Dardilly, la cual estaba a cargo de Padre M. Balley.

ESTUDIOS ECLESIASTICOS

En 1806 el sacerdote de Ecculy, el Padre Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan María ingresó en ella. Aunque él era de mediana inteligencia y sus conocimientos eran muy limitados, sus maestros nunca dudaron de su vocación. Juan María sabía muy poco sobre historia, aritmética y geografía, pero sus conocimientos de latín eran nulos y, además, se le dificultaba enormemente el estudio de dicha lengua, indispensable en aquella época para llegar a la ordenación sacerdotal.

Un compañero suyo, Matthías Loras, quien posteriormente llegaría ser el primer Obispo de Dubeque, le ayudaba en sus lecciones de latín. También el Padre Balley, su director, vio su gran vocación y se ofreció a ayudarle.

Juan María estudió con el Padre Balley durante tres años para prepararse para su examen de ingreso en el Seminario. Y cuando parecía que todo iba por buen camino, suspendió el examen debido a sus escasos y muy limitados conocimientos del latín.

EL SERVICIO MILITAR

A raíz de haber suspendido el examen, Juan María se vio forzado a reanudar sus estudios en Ecculy, pero de nuevo se le presentó otro obstáculo: fue llamado a filas al haber obligado la guerra en España a reclutar soldados para el ejército napoleónico, con lo cual el Emperador anuló la exención de que disfrutaba los estudiantes eclesiásticos mayores de 17 años de no ser llamados al servicio militar.

Su padre intentó procurarle un sustituto y al fin lo consiguió ofreciéndole la suma de tres mil francos, pero el candidato a los pocos momentos renunció a ser el sustituyo de Juan María, de modo que éste se vio obligado a incorporarse al ejército francés.

El regimiento al que fue destinado Juan María pronto recibió la orden de marcha. La mañana de la partida él fue a la Iglesia a orar y a la salida enfermó, por lo que tuvo que estar el resto del día y toda la noche ingresado en el hospital.

A su vuelta al cuartel encontró que sus camaradas habían salido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del cuartel creyó lo que Juan María le había contado, y le envió tras las tropas para que se uniera a su regimiento.

Por el camino se encontró con otro joven, quien se ofreció para guiarle hasta sus compañeros, sin que Juan María se diera cuenta de que el joven se trataba de un desertor del ejército, quien le condujo hasta la ciudad de Noes, donde otros desertores ya se habían refugiado.

Al estar en Noes, Juan María fue a visitar al Alcalde y le contó su caso. Le ley ordenaba pena de muerte para quien desertara del ejército, pero el bondadoso Alcalde escondió a Juan María en el pajar de su casa, fuera de la vista de cualquier grupo del ejército.

El Alcalde de Noes permitió que Juan María cambiara de identidad, pasando a llamarse Jerónimo Vincent y, a cambio del asilo que le concedía, pidió a Juan María que ejerciera de maestro en la población.

Al cabo de mucho tiempo Juan María pudo comunicarse con su familia dejándoles saber su situación personal. Su padre se enfadó al conocer que su hijo era un desertor y le ordenó que se entregara, pero la situación fue resuelta por su hermano menor, quien se ofreció a servir militarmente en lugar de Juan María, y fue aceptado.

Al fin, cuando Juan María llevaba 14 meses como desertor, el Emperador Napoleón promulgó un decreto mediante el cual eximía de culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y así él pudo regresar a su hogar.

SU ORDENACION SACERDOTAL

A su regreso, Juan María ingresó en el Seminario Menor de Verriéres a los 26 años de edad para cursar los estudios de filosofía en francés, dada su incapacidad para hacerlo en latín. Allí fue compañero del que después sería el fundador de los Hermanos Maristas, Marcelino Champagnat.

Pero Juan María suspendió el examen de ingreso al Seminario Mayor. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a la insuficiencia de su primera escolarización, a su mediana inteligencia y a la avanzada edad en que empezó a estudiar. En cambio era de resaltar lo adelantado que se encontraba en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud.

Por todo ello, el Padre Balley intercedió por él ante los examinadores después de que Juan María suspendiera el examen. A los tres meses fue nuevamente examinado y esta vez aprobó. Igualmente tuvo dificultades para superar las pruebas de los estudios en el Seminario Mayor, pero intercedieron por él ante el Obispo de la Diócesis, tanto el Padre Balley como los examinadores del Seminario, y el Obispo se percató del gran amor a Dios y de la gran vocación para el sacerdocio que Juan María poseía. El Obispo dio la orden para que fuera ordenado sacerdote, pues aún cuando le faltaban conocimientos, tenía santidad, y por ello Dios supliría lo demás.

Juan María incluso fue en peregrinación varios días hasta la tumba de San Francisco Regis, en la ciudad de Lalouvesc, costeándose los gastos del viaje a base de limosnas, para pedirle a ese santo su ayuda para poder ser ordenado sacerdote. Con esta peregrinación, Juan María no logró una mayor inteligencia para los estudios, pero adquirió valor para no dejarse dominar por las dificultades.

Y al fin Juan María se convirtió en el Padre Vianney al ser ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, a los 29 años de edad, por Monseñor Simón, Obispo de Grenoble.

El ahora Padre Vianney tuvo que superar muchos obstáculos para lograr su objetivo, pero perseveró hasta alcanzar la meta que se había propuesto. ¡Al fin se le cumplió su gran deseo de ser sacerdote!

EL CAMINO HACIA ARS

Juan María Vianney trabajó durante tres años como asistente del Padre Balley en Ecculy, y a la muerte de éste fue nombrado Párroco de Ars, un pueblo situado a 38 kms. de Ecculy. Ars era entonces un pueblo pobre y aislado situado al este de Francia, no lejos de la frontera con Suiza, hacia donde se dirigió el 9 de febrero de 1818.

El Padre Vianney tuvo que andar esa distancia de 38 kms hasta Ecculy, y dado que no conocía el camino, le pidió a un pastor que encontró en el camino que le indicara dónde estaba Ars. Después que el pastor se lo explicó, Juan María le dijo: “Tú me has enseñado el camino hacia Ars, y yo te enseñaré el camino al cielo”.

Ars era entonces un pueblo de 370 habitantes, donde la gente se divertía bailando y tomando licor, pero sin acercarse a las cosas de Dios. A la Misa dominical únicamente acudían un solo hombre y pocas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta Parroquia en lo único que se diferencian de los ancianos es en que están bautizados”.

Allí, en Ars, el Padre Vianney estará por espacio de 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo. Su secreto era darlo todo y no conservar nada; darlo todo por amor a Dios. Y su oración era: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”.

SU MINISTERIO SACERDOTAL

Cuando el Cura Párroco de Ars, Juan María Vianney, vio el estado del pueblo y el alejamiento de sus gentes con todo relacionado con Dios, se propuso un triple método para cambiar a los habitantes de Ars y acercarlos a su Parroquia: Orar mucho, sacrificarse lo más posible y hablar fuerte y con dureza.

La falta de feligreses él la suplía con horas de oración diaria frente al Santísimo, y practicaba duras penitencias para convertirlos. Durante años se alimentó diariamente sólo con unas pocas patatas cocinadas; los lunes y los jueves cocinaba una docena y media de patatas, que le duraban los tres días siguientes a razón de casi seis patatas diarias.

Al principio el Padre Vianney estaba por espacio de tres horas leyendo y estudiando sobre el tema del sermón que daría en la próxima Misa dominical, y luego la ponía por escrito. Después, y durante mucho rato, paseaba por un campo cercano a la Casa Parroquial recitando su sermón en voz alta, para así tratar de aprendérselo de memoria. Después estaba largo rato ante el altar, donde se encontraba el Santísimo Sacramento, encomendándole al Señor lo que iba a decirles a los feligreses en su sermón. Pero a pesar de ello muchas veces, al empezar a predicar, se le olvidaba todo lo aprendido. Pero lo que decía llegaba al corazón del pueblo, causando impresionantes conversiones entre el mismo.

Juan María dedicaba horas enteras a la oración en busca de la conversión del pueblo de Ars, y decía: “Hemos de orar con frecuencia, pero debemos redoblar nuestras oraciones en las horas de prueba”. Era una gran prueba para él, pero el amor a Dios y a su pueblo era aún mayor.

Lo poco que el Cura de Ars tenía se lo daba a los pobres. Su hermana Margarita contó una vez esta anécdota sobre él: “Un día de invierno el Padre Balley dijo a mi hermano: ‘Ve a Lyon a visitar al tal señora, pero es importante que te arregles bien y que te pongas los mejores pantalones’. Al regresar, Juan María llevaba unos pantalones destrozados. Entonces el Padre Balley le preguntó qué le había pasado, y él le contestó que había encontrado en el camino a un pobre que soportaba un gran frío y él, movido por la compasión, le había cambiado los pantalones nuevos por los viejos y rotos del pobre”.

Después de un tiempo de estar en Ars, Juan María fundó un orfanato para jóvenes desamparadas, al cual denominó “La Providencia”, que mantenía a base de las donaciones que recibía. El propio Padre Vianney instruía las jóvenes del Orfanato en el Catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares entre los pobladores de Ars, que posteriormente los daba todos los días en la Iglesia ante una gran afluencia de gente.

El Orfanato La Providencia fue la obra favorita del Cura de Ars, pero a pesar del éxito obtenido la tuvo que cerrar en 1847 porque él pensaba que no estaba justificado mantenerlo ante la oposición de mucha gente. Su cierre fue una gran prueba para él.

Al cabo de un tiempo en Ars, el horario diario del Padre Vianney era tan estricto como su vida misma. Se levantaba diariamente a las 12 de la noche, hacía sonar la campana de la Iglesia y se disponía confesar a los hombres hasta las 6 de la mañana. Después empezaba a rezar los Salmos de su Devocionario y a prepararse para la Santa Misa de la 7 de la mañana. En sus últimos años de vida su Obispo consiguió que Juan María se tomara una taza de leche al finalizar la Misa, a las 8 de la mañana.

De 8 a 11 confesaba a las mujeres y después daba clase de Catecismo para todas las personas que estuvieran en Templo. A las 12 del mediodía iba a tomarse un ligerísimo almuerzo a base de patatas hervidas, se aseaba y mientras estuvo en funcionamiento el Orfanato, iba a visitar a las personas allí ingresadas.

De las 2 hasta las 6 de la tarde seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves, pero edificantes. A muchos les leía los pecados en su pensamiento y se los mencionaba si no lo habían hecho. Después leía un rato y a las 8 se acostaba. Pero en verano eran más aún las horas de confesión, aprovechando que el día era más largo.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue, sin duda alguna, la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, y luego desde lugares cada vez más lejanos, e incluso desde fuera de Francia. En 1835 su Obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque, según él, “las almas le esperaban en Ars”.

Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, pecadores, personas con toda clase de dificultades, enfermos y jóvenes con dudas sobre su vocación. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono por consejo de Juan María, y fue su amigo hasta el último día de su vida. Y la Madre María de la Providencia fundó la Orden de las Hermanas Auxiliadoras de las Ánimas del Purgatorio, por consejo del Cura de Ars y con su constante aliento.

Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia y su conocimiento sobrenatural. Sus instrucciones las daba con lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que influía en su audiencia, tanto por su modo de comportarse y su apariencia, como por sus palabras.

La gente empezó a darse cuenta de lo que el Cura de Ars hacía, y empezó a hacerse popular. Empezaron a catalogarle como santo, cosa que a él no le gustaba porque se consideraba un pobre pecador. Pero también otros empezaron a criticarle, motivados posiblemente por la envidia.

A raíz de ello, el Obispo envió un Visitador a Ars para oír los sermones del Padre Vianney, y le pidió a su regreso que le dijera las cualidades y los defectos de sus prédicas. Entonces el Obispo preguntó al Visitador:

  • ¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianney?
  • Sí, Monseñor, dijo el Visitador, tienen tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: pecados, vicios, muerte, juicio, infierno y cielo.
  • Bueno, pero ¿tienen también alguna cualidad? Preguntó el Obispo.
  • Sí, tienen una cualidad, repuso el Visitador. Las personas se conmueven, se convierten y empiezan una nueva vida, más santa de la que llevaban antes.
  • Pues si es así, dijo el Obispo, por esta última cualidad creo que se le pueden perdonar al Cura de Ars los otros tres defectos.

EL CONFESOR

Cuando concedieron el permiso para que le ordenaran sacerdote, escribieron la siguiente nota en su expediente: “Que sea sacerdote, pero que no le pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”.  Sin embargo, ese fue su oficio durante toda su vida sacerdotal, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que cuenta es la iluminación de Dios por medio del Espíritu Santo.

El Padre Vianney pasaba entre 12 y 16 horas diarias en el confesionario, según la época del año. Al paso del tiempo, para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Entre 1830 a 1845 llegaban de 300 a 400 personas diariamente a Ars para ver al Cura. Era tanta la afluencia que junto a la casa cural había varios casas de hospedaje para quienes estaba de visita para confesarse con el Padre Vianney.

Estando en el confesionario, el Cura de Ars a veces sufría mareos y se le entumecían las piernas. Sentía que se congelaba en invierno y que se deshidrataba en verano, pero nada detenía su celo por la salvación de las almas. El mismo decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”.

Pero es precisamente en el confesionario donde conseguía las mayores conversiones, alguna de ellas impresionantes, así como grandes triunfos a favor de las almas.

SU COMBATE ESPIRITUAL

Pero tantos éxitos espirituales por parte del Cura de Ars no eran del beneplácito del enemigo. Pocos santos han tenido que entablar luchas tan terribles y continuas con el demonio como el Padre Vianney.

El diablo no podía ocultar su rabia al ver el gran número de almas que le quitaba Juan María, incluso en su sencillez; por eso le atacaba sin compasión continuamente. Le derribaba de la cama, le despertaba con ruidos espantosos, y hasta trató de prenderle fuego a la habitación. Una vez el diablo le gritó: “Faldinegro odiado, agradécele a esa que llaman Virgen María, que si no ya te habría llevado conmigo al abismo”.

Una vez el Padre Vianney fue de misión a un pueblo, y varios sacerdotes jóvenes le dijeron que eso de las apariciones satánicas eran inventos suyos. El Cura de Ars les invitó a que fueran a dormir en donde él iba a pasar la noche, y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos los sacerdotes en pijama huyendo hacia el patio, y no se atrevieron al volver a entrar al dormitorio, ni tampoco a burlarse más del Padre Vianney.

Pero el Cura de Ars tomaba calmada y hasta humorísticamente estos casos, y decía siempre: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros, que ahora parecemos dos compinches”. Pero no dejaba de quitarle almas al enemigo.

LOS MILAGROS

Indudablemente una persona con la espiritualidad del Padre Vianney debía reflejar mediante actos milagrosos la acción de Dios a favor de las almas que se acercaban sinceramente a Él.

El Cura de Ars poseía el don de curar enfermos, principalmente a los niños. Poseía un conocimiento sobrenatural acerca del pasado y del futuro. Conocía los pecados que quienes  se confesaban con él no le querían decir. Obtenía cuanto dinero necesitaba, así como alimentos, para los asilados en el Orfanato “La Providencia”, mientras el mismo estuvo en servicio.

Pero el mayor milagro de todos fue su propia vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante 40 años su alimentación y su descanso fueron siempre insuficientes, humanamente hablando, si lo comparamos con el desgaste físico que indudablemente le producía una forma de vida llena de entrega y de sacrificio a favor de los demás.

Y aún así siempre trabajó incesantemente y con incomparable humildad, amabilidad, paciencia y buen humor, hasta su fallecimiento a los 73 años de vida.

CONCLUSION

El Cura de Ars, Juan María Vianney, se consideraba a sí mismo un miserable pecador y jamás hablaba de sus obras ni de los éxitos que había obtenido. Cuando él llegó a Ars la gente trabajaba incluso en domingo y se cosechaba poco. Poco a poco él fue logrando que nadie trabajara en los campos los domingos, y las cosechas fueron más abundantes y mejores. Cuando se inició como Párroco de Ars solamente un hombre iba a Misa; al final de su ministerio eclesial únicamente había un hombre que no iba a Misa.

En una ocasión un hombre le insultó en la calle, y el Cura de Ars le escribió una carta llena de humildad, pidiéndole perdón por todo, como si él mismo hubiera sido quien ofendió al que le insultó.

En otra ocasión el Obispo de la Diócesis le envió un elegante distintivo de canónigo, pero Juan María nunca quiso usarlo. Incluso el gobierno francés le concedió una condecoración, pero él no se la quiso colocar. Decía Juan María con humor: “Esto es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército”. Pero Dios premió su gran humildad el 4 de agosto de 1859, a sus 73 años de edad, llamándole ante su presencia.

A Juan María Vianney el Obispo no le permitía salir de la Parroquia de Ars para no dejar de atender a las almas que acudían a verle, y él obedeció. Ahora Dios quiere que todo el mundo sepa de él para que imitemos sus virtudes y nos sintamos inspirados por su ejemplo de vida, servicio y entrega a los demás.

CRONOLOGIA

  • Nació el 8 de mayo de 1786.
  • Fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, a los 29 años de edad.
  • En 1848 fue nombrado Párroco de Ars.
  • Falleció el 4 de agosto de 1859, al cabo de 73 años de vida.
  • El 3 de octubre de 1874 fue proclamado Venerable por el Papa Pío IX.
  • El 8 de enero de 1905 fue inscrito como Beato por el Papa Pío X.
  • El Papa Pío X le otorgó el nombramiento de “Modelo para el clero parroquial”.
  • En 1925 el Papa Pío XI le canonizó y declaró su festividad el 4 de agosto.
  • El Papa Juan XXIII escribió en 1959, centenario de la muerte del Cura de Ars, la Encíclica “Sacerdotii nostri primordia”, en la cual realzaba las virtudes primordiales de todo sacerdote: el ministerio, la oración, la eucaristía y el celo apostólico.

En el 2009 el Papa Benedicto XVI proclamó el “Año sacerdotal” del 19 de junio del 2009 al 11 de junio del 2010, conmemorando los 150 años del fallecimiento de Juan María Vianney, nombrándole además Patrono de todos los sacerdotes católicos.

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Los restos mortales de Juan María Vianney, Cura de Ars, se conservan incorruptos en el Santuario de Ars, el pequeño lugar al que él dedicó la mayor parte de su vida como sacerdote, y donde falleció.

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